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viernes, 2 de marzo de 2012

Así que pasen cinco años.

Se levanta la sesión. Todo el trabajo y el tiempo empleado en el caso, todas esas noches que se ha quedado despierta pensando y que han dado paso a esas mañanas en las que casi ha tenido que gastar el bote de maquillaje para taparse las ojeras que reflejaban el cansancio, ese sonido del plástico al coger una de sus pastillas. Últimamente tomaba drogas para calmarse, pues el estrés iba en aumento, aunque no consideraba que estuviera enganchada. Su gozo en un pozo. El gran esfuerzo que ha hecho no ha servido para nada. Para absolutamente nada. Una fina lágrima cae en su rostro y, de repente, vuelve a la realidad. Catherine se da cuenta de que está sola en la sala. No sabe cuanto tiempo ha estado allí pensando, ni cuánto hace que se marcharon todos. Sólo sabe que está muerta de frío. Se pone de pie y va hacia la salida. Coge su abrigo y en ese instante suena una melodía. Le ha llegado un mensaje. Es de su jefe, que le pide que por favor apague las luces y cierre cuando se vaya.
El sonido de las llaves retumba en la estancia vacía. Baja las escaleras lentamente y un soplo de viento le levanta la falda y revuelve su melena rubia. Arranca el coche y conduce hasta casa. Comienza a llover y justo cuando piensa que ya nada puede ir peor, los recuerdos se apoderan de ella. Recuerda la mañana en la que accedió a ocuparse del caso. Recuerda que le sorprendió mucho la historia: una niña asesinada, un hombre sospechoso y pocas pruebas que lo inculparan. Sin duda era un asunto delicado. Recuerda esos sollozos de la madre: “Sólo tenía ocho añitos, no haría daño a nadie, sólo tenía ocho añitos, era un ángel”  Recuerda cómo el padre le contaba la historia, pero sobretodo, recuerda la promesa que ella les había hecho: “Demostraré que fue el asesino, así que pasen cinco años, no descansaré hasta que esté entre rejas.” Una promesa que se había quedado en palabras, en algo que jamás podría cumplir.
Aturdida, abre la puerta de su piso. No puede parar de llorar. Se mira en el espejo, pero sólo ve las caras de los padres de la pequeña. Le gritan, le reprochan. “¡Así que pasen cinco años, así que pasen cinco años, nos mentiste. Mi pequeña, era un angelito!”  Las imágenes dan vueltas en la cabeza de Catherine.  Se cae al suelo, y se hace un ovillo. Está asustada, se siente una mala persona. Vuelve a levantarse, se mira de nuevo pero ahora aparece su reflejo. Está horrible. La pintura negra  mezclada con lágrimas resbala sobre por su cara. Está colorada y se le notan más que nunca las ojeras. El pelo está enmarañado, incluso parece que no se lo ha peinado en días. De repente oye: “¡FRACASADA, FRACASADA!” No se da cuenta de que la que está gritando es ella. Rompe a reír y se tira del pelo mientras contempla su reflejo. “¡FRACASADA, ERES UNA FRACASADA!”  Necesita sus pastillas. Rebusca en el bolso y cuando las encuentra se toma dos seguidas. Las necesita de verdad. Se mira otra vez en el espejo y chilla. Una y otra vez. Catherine sigue tomando pastillas, no sabe de otra manera para sobreponer su frustración, ya ha perdido la cuenta pero necesita calmarse. Otra más. Mañana será otro día.
Los tacones se le resbalan de los pies y poco a poco la respiración se ralentiza y los párpados caen hasta cerrarse. Catherine se desploma y cae en un profundo sueño, un sueño del que las drogas no le permitirán despertarse. Porque para ella, ya no habrá mañana.

María Rey

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